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Manel Seral Coca
Barcelona, Spain
Este site rinde homenaje al ocultista Manel Seral Coca, profesor de Kabbalah Alquimia y Ocultismo. Escritor e investigador, que trascendió este plano el 14 diciembre de 2005. Como tantos dijeron de él: !no supo "venderse"¡.Era un investigador nato. Su obra, oculta, valga la redundancia, merece ser divulgada. El no tenía tiempo para ello. Quizá, desde la luz, si lo tenga... Porque el saber no tiene precio. Siempre estará en nosotros.
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13 mar. 2010

La Autoobservación

Ouspensky decía:

"El hombre está dormido. Dormido nace, dormido vive y dormido muere. La vida es para él sólo un sueño, sueño del que nunca despierta."

Y Kenneth Walker, en "Enseñanza y Sistema de Gurdjieff" añade:

"Todos nosotros estamos viviendo en un mundo de seres que caminan dormidos, mundo que está habitado por gente que se mueve dentro de un crepúsculo de conciencia, y sin embargo imaginan que están despiertos... Un mundo dormido, gente que camina por las calles, se sienta en oficinas gubernamentales dirigiendo asuntos de estado, se precipita a los lugares donde tiene que depositar sus votos, imparte justicia desde los estrados tribunalicios, da órdenes, escribe libros, hace un sinfín de cosas y todo ello en un estado de sueño... En Occidente, la palabra "conciencia" se usa en forma muy equivocada, no sólo en la conversación popular, sino también por parte de los psicólogos, que deberían saber algo más. La conciencia no es una función, sino el conocimiento de una función. Hay gente que emplea la palabra conciencia como sinónimo de pensar, si bien el pensamiento funciona sin el menor conocimiento de su existencia por parte del que piensa, y la conciencia puede existir sin que esté presente ningún pensamiento."


Empezamos un proceso que conduce al despertar, aceptando el supuesto de que pudiéramos estar dormidos como tantos otros. No pretendemos sostenernos en un dogma de fe, sino que vamos a tratar de demostrar nuestra afirmación inicial. De hecho, no sólo pretendemos demostrar el hecho de que estamos dormidos, sino que nuestra principal arma consistirá en darnos cuenta de tal hecho. Éste es el objetivo del curso y su principal propósito: descubrir. Descubrir quiénes somos realmente, descubrir cuáles son nuestros automatismos y descubrir hasta qué punto funcionamos de modo automático y cómo eso nos afecta y destruye nuestras posibilidades de ser felices.
En la mayoría de tratados esotéricos se hace hincapié en la frase que se divisaba en el frontispicio del Templo de Apolo en Delphos: "Hombre, conócete a ti mismo". ¡Pero si yo ya me conozco!, puede responder algún estudiante listillo. Precisamente vamos a tratar de demostrarnos a nosotros mismos que no es así. Conocemos nuestras etiquetas (sexo, nombre, aficiones, carnet de identidad, ...), pero somos mucho más que eso. ¿Podría ser que realmente no nos conociéramos? Y, si es así, ¿cómo hacerlo?
Empecemos desde ese supuesto y preguntémonos ¿cómo conocer la vida de las hormigas?, ¿cómo conocer el comportamiento social?, ¿cómo conocer cualquier cosa?... La respuesta es simple: ¡observando! Así que, ¿cómo conocernos a nosotros mismos? La respuesta será la misma: ¡observándonos! Solamente observando nuestro comportamiento, nuestras reacciones y nuestros distintos comportamientos y averiguando por qué se producen podemos llegar en algún momento a reconocer la máquina en nosotros y comenzar a librarnos de su influencia para poder pensar por nosotros mismos. Volviendo a Kenneth Walker:


"La experiencia habrá de demostrarnos que el grado de nuestra conciencia varía a cada momento durante el día, siendo a veces un poco mayor y otras menor. Si continuamos observándonos a nosotros mismos con cuidado, veríamos que los momentos de "volver en sí" y darnos cuenta de nuestra existencia son muy cortos y están separados entre sí por largos lapsos de olvido de nosotros mismos, en los cuales pensamos, sentimos, nos movemos y actuamos sin estar conscientes lo más mínimo de nuestra existencia.
Mientras más bajo sea el nivel de nuestra conciencia, más ciegas y mecánicas habrán de ser nuestras acciones y más subjetivos seremos en nuestras apreciaciones."

Ouspensky afirmaba que en un estado de verdadera autoconsciencia un hombre es capaz de verse a sí mismo objetivamente, tal y como es.

El primer paso que debemos dar es descubrir por nosotros mismos si es cierto o no que no estamos presentes cuando estamos haciendo cosas, que tenemos poca o ninguna responsabilidad por lo que está ocurriendo. Observémonos a nosotros mismos con cuidado y veremos que no somos nosotros sino "ello" quien habla dentro de nosotros, se mueve, siente, ríe y llora en nosotros, tal como "ello" llueve, aclara y vuelve a llover fuera de nosotros. Todas las cosas "suceden" en nosotros y nuestra primera tarea es observar y vigilar cómo sucede.
Ahora bien, para que la autoobservación tenga algún efecto, deberemos seguir unas reglas precisas. Para observarnos, debemos convertirnos en "acechadores" de nosotros mismos.



El arte del acecho

Algunos autores, como Carlos Castaneda, plantean al observador como un cazador. El verdadero cazador no es el que sale al campo con una escopeta a matar todo lo que se mueva.

Un cazador vive de aquello que caza y, por tanto, debe asegurarse de que podrá cazar cuando lo necesite, así que un verdadero cazador acecha a su presa. Trata de conocerla íntimamente. La observa en silencio y conoce todas sus costumbres, sus comportamientos, sus hábitos, su comida, la hora en que come, dónde y cuándo bebe, cómo huye, por dónde suele pasar... Debe procurar conocer todos los rasgos de su presa para poder prever cada uno de sus movimientos, y todo ello sin que la presa se aperciba de su presencia, en cuyo caso cambiaría sus comportamientos y nunca sabría sus verdaderas actitudes.

Cuando el cazador conoce perfectamente a la presa, entonces y sólo entonces puede aparecer, tras haber preparado la trampa. La presa, ante la amenaza, correrá hacia donde la trampa le espera y se meterá ella misma en el cepo.

Como buscadores de la autoconsciencia, somos cazadores de nosotros mismos. Debemos comenzar por acecharnos para conocer nuestros automatismos, nuestras reacciones, aquellos comportamientos por los que los demás nos dominan y manipulan, por los que la vida nos obliga a actuar inconscientemente hacia la consecución de mayores fracasos y problemas.

Conocer nuestros mecanismos es también tomar control sobre ellos. Lo que hace que los demás puedan, consciente o inconscientemente, manipularlos, también nos servirá para ejercer un nuevo dominio de nosotros mismos y comenzar una nueva manera de actuar, pensar y sentir. En palabras de Don Juan:
"Un día descubrí que si quería ser un cazador digno de respetarme a mí mismo, tenía que cambiar mi forma de vivir. Me gustaba lamentarme y llorar mucho. Tenía buenas razones para sentirme víctima. Soy indio y a los indios los tratan como a perros. Nada podía hacer yo para remediarlo, de modo que sólo me quedaba mi dolor. Pero entonces mi buena suerte me salvó y alguien me enseñó a cazar. Y me di cuenta de que la forma como vivía no valía la pena vivirse... así que la cambié."

Y, más adelante:

"Todo cuanto haces es rutina... Te preocupas por comer todos los días a eso de las doce, y a eso de las seis de la tarde, y a eso de las ocho de la mañana. A esas horas te preocupas por comer aunque no tengas hambre. Para mostrar tu espíritu de rutina me bastó con tocar mi silbato. Tu espíritu está entrenado para trabajar con una señal..."
"Te será fácil darte cuenta de que un buen cazador conoce sobre todo una cosa: conoce las rutinas de su presa. Eso es lo que lo hace un buen cazador... Primero te enseñé a hacer y a instalar las trampas, luego te enseñé las rutinas de los animales que perseguías, y luego probamos las rampas contra sus rutinas. Esas partes son las formas externas de la caza."
"Has observado las costumbres de los animales en el desierto. Comen o beben en ciertos lugares, anidan en determinados sitios, dejan sus huellas en determinada forma; de hecho un buen cazador puede prever o reconstruir todo cuanto hacen... Todos nosotros nos portamos como la presa que perseguimos. Eso, por supuesto, nos hace ser la presa de algún otro. Ahora bien, el propósito de un cazador, que conoce todo esto, es dejar de ser él mismo una presa."


Requisitos para la autoobservación

Hay dos requisitos básicos para la autoobservación:


1. No juzgar nada de lo que veamos
2. No cambiar nada de lo observado (éste será el elemento más difícil y, sin embargo, debemos insistir en ello)


Vamos a ver por separado estos dos puntos y su importancia.


1.No cambiar nada

Hay varias razones para esto.
La primera de ellas tiene que ver con el mencionado "Arte del acecho". Ya hemos comentado este punto y, evidentemente, si queremos observarnos y descubrir nuestros mecanismos es preciso acecharnos y, por tanto, no interferir con lo observado.

La segunda razón está en que todo nuestro proceso pretende llevarnos a un centro estable, lo que el cantante Franco Battiato llamaría "un centro de gravedad permanente", lo que los antiguos filósofos griegos definirían como "kentron". Decía Arquímedes: "Dadme una palanca y un punto de apoyo y moveré el mundo". Ya tenemos una "palanca", nuestra voluntad y nuestros conocimientos. También tenemos un "mundo" por mover y ése no sería otro que nuestra realidad habitual y la manera en que vivimos las cosas. La única cosa de la que carecemos es de un centro, un punto de apoyo en el que sostenernos. Difícilmente podemos permitirnos reconstruir nuestra vida y poder dirigir la circunstancias en lugar de ser dirigidos por ellas si carecemos de un punto de apoyo estable en el que sostenernos.

La mayoría de las personas establecen sus puntos de apoyo sobre algo o alguien: sus hijos, su pareja, sus padres, su religión, su credo político, su trabajo, etc. Sin embargo, hemos de ser consecuentes y comprender que cualquier cosa en que nos apoyemos como sostén de nuestra existencia acabará por fallarnos o decepcionarnos. Nuestros hijos se irán, nuestra pareja no será tan fuerte como pensábamos o nos decepcionará con el tiempo, nuestras creencias religiosas se mostrarán incapaces de darnos respuestas, y así con todo. Siendo sinceros, nos daremos cuenta de que cualquier punto de apoyo exterior a nosotros mismos acabará por fallarnos, y entonces... ¿qué será de nosotros? ¿qué ocurrirá con todas las expectativas y visiones de la vida que sosteníamos en ese centro falso?

Sólo hay un lugar donde podamos apoyarnos. Sólo hay una persona que se acostará con nosotros todos los días de nuestra vida y a la que tendremos que verle la cara todas las mañanas (en el espejo), con la que tendremos que convivir y a la que tendremos que conocer forzosamente pues, si vamos a estar eternamente unidos... ¡vamos a llevarnos bien! Esa persona somos nosotros mismos y ese centro sólo puede apoyarse en nuestro propio interior. Carecer de un kentron es carecer de un punto estable desde el que evaluar las experiencias que la vida nos presenta. Si cambiamos constantemente lo que creemos ser nunca estableceremos algo estable desde lo que partir. Si continuamente cambiamos el contenido del "saco" nunca sabremos lo que hay en él y con qué contamos cuando tengamos que recurrir a su contenido. Por tanto, antes que cambiar nada, es preciso conocer qué hay, sea bueno o malo. Y sólo podremos saberlo si dejamos por algún tiempo de intentar establecer cambios...

Es el momento de autoaceptarnos, sin falsas modestias y sin autorrechazos. ¡Esto es lo que hay! ¡Esto es lo que soy! ¡¿Y qué?! Si puedo partir de lo que soy realmente, sin engañarme, quizá pueda saber verdaderamente qué puedo hacer y cuáles son mis posibilidades. Si desconozco esto, tal cosa es imposible. Debo empezar a aceptarme tal como soy, mis verdaderos gustos y aficiones, independientemente de lo que crea que debo ser o de lo que me han enseñado qye debo esperar de mí. "Soy simpático, soy bajo, soy feo, soy alto, soy inteligente,, soy guapo... ¡¿y qué?!" Eso es lo que soy y, sabiéndolo, puedo empezar a establecer prioridades y necesidades reales. ¿Qué sentido tiene ser bajo y plantearme expectativas para altos? ¿Qué sentido tiene anular mis cualidades por falsa modestia impuesta y, sin embargo, ser víctima de mis supuestos defectos?

El tercer punto a tener en cuenta es que estoy buscando conocerme a mí mismo. Si cambio constantemente mi manera de ser, jamás descubriré nada que luego me pueda servir. Cada información pasará automáticamente a ser errónea y volveré a estar como al principio.

Añadamos a esto que, sin saber las verdaderas causas de una actitud, jamás podré hacer un verdadero cambio. Descubriré un comportamiento incorrecto (según mi visión actual, que puede ser programada y no real) y cambiaré de actitud, pero no solucionaré la causa, puesto que al cambiar la actitud no podré seguir profundizando en las razones que la motivan y tendré que descubrir que, en sustitución de la vieja actitud errónea nace otra nueva igualmente errónea y motivada en las mismas causas que. al no haber esperado en atención, aún desconozco. Tal proceder es una total pérdida de tiempo y esfuerzo. No me interesa mi comportamiento, sino las razones interiores de dicho comportamiento. Si yo me rasco la oreja compulsivamente, puedo descubrir tal actitud y eliminarla, pensando que ya he resuelto el problema y sin darme cuenta de que a partir de ese momento ¡empezaré a rascarme compulsivamente la nariz! Sólo habré resuelto el aspecto externo del problema pero jamás tropezaré con la causa real, con el por qué lo hago, en qué momentos y qué causas profundas hacen que reaccione de esa precisa manera.

Por otro lado, cada cambio que efectúo nace de una valoración personal acerca de si mi actitud está bien o mal, y eso nos llevará al otro punto primordial de la autoobservación.


2. No juzgar

Emitir juicios acerca de lo que estoy descubriendo en la autoobservación significa partir del supuesto de que al pensar que algo está bien o mal soy capaz de discernir tal cosa.

¿Pero no he dicho que estaba dormido? ¿Y si mi evaluación no se basara en mi percepción real sino en algún tipo de programación que me hace verlo así? Podría ser que eliminara algo que concibo como defecto y me quedara sin una herramienta valiosísima para mi crecimiento, o podría ser que conservara algo que califico como virtud y estuviera manteniendo un elemento de conflicto.

Vamos a ver algún ejemplo.

Si pensamos en algo que siempre hemos oído calificar de maligno, podemos encontrarnos con características como el egoísmo. El egoísmo es malo. No se debe ser egoísta. El egoísmo es la causa de la mayoría de los males del mundo. Las personas egoístas son antisociales y perjudican a los demás...

¿Es eso cierto?

Comencemos con una reflexión sencilla. Todo lo que hagamos, no importa qué, lo haremos desde la perspectiva del ego, así que, simplemente, es imposible no ser egoísta.

Incluso los actos más altruistas y desinteresados se realizarán porque se obtiene algún tipo de placer o gratificación en ello. Sentirse bueno, recibir el cariño de los demás, convencerse de que se es una persona correcta... "Lo hago porque me da placer", "me siento bien ayudando a los demás", "mi actitud es la correcta" (esto último significa "mi actitud merece la aprobación del sistema o del programa"), etc. Siempre es el "me" o "para mí" lo que nos guía, incluso en estos casos.

Así que, hagamos lo que hagamos, siempre seremos egoístas. Lo único que diferencia un acto del otro está en el hecho de que nuestro egoísmo nos lleve a beneficiar a otros (en cuyo caso se calificará por parte de los demás de "generosidad" o "altruismo") o que no. Desde esta perspectiva, hagamos lo que hagamos siempre se nos puede calificar de egoístas y siempre tendremos la sensación de que tienen razón (es la verdad), de modo que un comentario de ese tipo siempre tenderá a pulsar nuestras sensaciones de culpabilidad y nos hará actuar, mecánicamente, para castigarnos o para tratar de compensar esa falta.

Si siempre somos egoístas, hay que empezar a eliminar esa palabra de nuestro diccionario como sinónimo de culpa y de maldad y recordar que "el egoísmo bien entendido empieza por uno mismo".

¿Estamos haciendo apología del abuso y de la falta de estimación supuestamente debida a los demás? En absoluto. Se trata simplemente de recordar que aquel que se siente lleno y realizado puede, sanamente,dar y compartir sin utilizar eso como instrumentos para comprar algún tipo de afecto o respuesta. Lo que damos desde la plenitud no necesita cobrarse.

A menudo me encuentro con gente que se halla en un camino supuestamente espiritual y que pretende "dar", a lo que siempre respondo con una pregunta: "¿qué tienes?". Muchas de estas personas responden con un "nada" y aquí es donde uno preguntaría: "¿y qué pretendes dar?". ¿Qué pretenden dar? ¿Sus frustraciones? ¿Su visión limitada? ¿Sus complejos y tabús?... ¡¡¡Que se los queden!!! ¡No nos deis nada! ¡Quedáoslo! ¡No nos salvéis, preferimos quedarnos así! El que se halla vacío no da realmente. Su acción es sólo una forma de conseguir una respuesta del medio y, a menudo, si no la obtienen, cobran lo que dan muy caro. Las malas caras, quejas continuas y posturas de frustración acaban amargando y deprimiendo a su entorno, así que lo que dan es mucho menos de lo que quitan.

Paradójicamente, la filosofía de apropiarse de todo lo que se puede no es propia del verdadero egoísta pues quien está verdaderamente lleno no necesita acumular más cosas para sentirse feliz. Esta postura es más propia de los que se sienten vacíos e intentan llenar su propio vacío con cosas, dinero, etc. Si consiguiéramos estar verdaderamente plenos, esta postura dejaría de tener sentido.

Desde este punto de vista, quizá deberíamos replantearnos muchos de los supuestos defectos porque, quizá, podrían ser herramientas imprescindibles para nuestro crecimiento. Sin una aplicación correcta del egoísmo difícilmente recobraremos nuestra autoestima o nos preocuparemos suficientemente de lo que necesitamos para evolucionar.

Si pasamos ahora revista a las cualidades que, sin duda conservaríamos, quizá la estrella sería el amor, esa palabra tan manida y cacareada, pero... ¿sabemos lo que significa amor?

La mayor comprensión de la palabra amor se traiciona cuando decimos "yo te quiero". A eso se reduce todo, querer, atrapar, poseer, dominar, controlar... Lo que entendemos por amor es sólo una excusa para un acto de posesión sobre aquellos a los que se supone amamos. Buscamos la felicidad del otro pero a cambio de un precio: la posesión más o menos total de sus expectativas, de su cuerpo, de su alma. Eso no es amor, es comercio.

Una frase que puede hacernos estremecer nos da la verdadera valoración del amor, a la que difícilmente nos aproximamos:

Amor es buscar la felicidad de lo amado, incluso si esa felicidad está lejos de nosotros

Sin embargo estamos hartos de oír justificaciones terribles como "si no eres mía no serás de nadie" o "la maté porque era mía". Matar por amor, venganzas de amor u odios que suceden al desamor son monedas corrientes. ¿Qué hay de amor en todo eso? Probablemente nada. Nos hinchamos de expresar cosas como:

Amar es dar sin esperar nada a cambio

Pero eso es un fraude porque nadie entiende ni aplica el amor así. Ni siquiera en el amor altruista hacia la humanidad, donde nos frustra no encontrar la gratitud como moneda de cambio deseada, ya sea la gratitud de los "pobres" beneficiarios de nuestro amor o la de la sociedad que "reconoce" nuestra labor.

El amor, tal como se expresa, es sólo una manera de comprar una carencia a través de una renuncia a nosotros mismos o a partes de nuestra identidad. Caro amor para que lo respetemos como una virtud.

¿Cuál es la verdadera razón del amor? En realidad, amamos porque aquel a quien amamos nos da una parte de nosotros mismos. Una descripción tántrica puede quizá acercarnos al meollo de la cuestión:

Te amo no por lo que tú eres, sino por lo que yo soy cuando estoy contigo.

Tal vez en la comprensión incorrecta de esta fórmula se halla la naturaleza real de eso que llamamos amor. Amamos porque a través de aquel que amamos realizamos aspectos que necesitábamos comprender, asumir y despertar. Las personas a las que amamos nos dan realmente una parte de nosotros mismos. Cuando esa parte se extingue, cuando el reflejo no es capaz ya de devolvernos nuestro rostro o cuando hay otros aspectos que precisamos realizar, el amor se acaba. A partir de ahí, buscamos excusas para justificar o provocar la ruptura.

Debemos comprender bien esto. No podemos amar a nadie por lo que es porque, si no nos conocemos a nosotros mismos, ¿cómo podemos conocer a otra persona? Aquel que está frente a nosotros no es sino la proyección de lo que nosotros queremos ver en él. Por eso dice el maestro:

El que quieras que sea, el que tú quieras ver o te parezca, ése seré para ti.

No somos lo mismo para todas las personas porque cada cual ve en nosotros lo que elige ver. La pérdida del amor de alguien no depende de nuestros errores o defectos, sino tan sólo de que seamos capaces de reflejar lo que ese alguien necesita, y el que lo seamos no siempre depende de nuestro esfuerzo sino del proceso evolutivo que esté pasando ese alguien. Si comprendiéramos así el amor, probablemente mucho del sufrimiento que nos produce desaparecería.

Pero hay un tipo de amor libre, desinteresado, que convenimos en que es la más bella expresión del amor: el amor de madre. ¿Es así?

Lamentablemente, el amor de madre suele ser el más interesado de los amores "desinteresados". La posesión del hijo, "mi" hijo, se encuentra detrás de muchas de estas relaciones, donde la madre se reafirma y se proyecta sobre su hijo y trata, sin darse cuenta, de anularlo frecuentemente. Muchas madres vuelcan su cariño hacia sus hijos negándose a sí mismas, con lo que vuelcan sobre el niño sus frustraciones y limitaciones y le hacen partícipe de un inconsciente sentido de culpabilidad ("mi madre sufrió y se sacrificó por mi culpa") que incluso a veces no se reprimen de recordar y manifestar. La hiperprotección puede llegar a anular al hijo/a haciéndole incapaz de enfrentar la vida real y muchos consejos nacidos de sus propias frustraciones reconducen la vida del hijo/a hacia los mismos traumas y errores que ella ha vivido. Quién no recuerda frases como "nunca serás nada en la vida", "las mujeres han de casarse y conseguir un buen marido", "los niños no lloran" o "después de lo que yo he hecho por ti...".

Todo esto se hace sin pretender dañar al hijo y bajo una creencia real de que lo que se entrega es amor, pero no perdamos de vista que ese amor tiende a cobrarse o a reclamarse de un modo u otro.

Un caso dramático es el de la madre que protege a su hijo para que el mundo no le haga daño, ocultando y desvalorizando el "defectillo" del niño que "no tiene importancia"... Cuando el niño crece se enfrenta al mundo, recién salido de su jaula de cristal y el mundo... ¡se lo come" Y ¿qué ha sido del pequeño "defectillo"? Que no corregido a tiempo, ha tendido a aumentar y a prosperar y el niño ¡se ha convertido en un monstruo!

Debemos tener cuidado con las valoraciones que hacemos sobre ese amor, porque a menudo no es ni tan desinteresado ni tan limpio como pretendemos.

Recuerdo el caso de una alumna que no podía vivir con su hija por motivos personales y la había dejado al cuidado de sus padres. Un día estalló en llanto y comentó: "Es por mi hija. Me hace sufrir mucho. A veces puedo hacer el esfuerzo de ir a casa de mis padres para estar con ella y ella no quiere estar conmigo, y yo le digo "¿por qué no quieres estar conmigo y te vas con tus amigas justo cuando vengo? ¿No ves lo que tengo que pasar para poder verte?"" Le aconsejé que dejara de sufrir y que no se "forzara" a ir a ver a la niña, sino que fuera cuando le apeteciera, que dejara de culpabilizar a la niña con su cara de sacrificio (¿a quién le gusta que le recuerden lo mucho que sufren por nuestra culpa?) y se dedicara a estar con ella sólo cuando se sintiera feliz, capaz de compartir esa felicidad, que saliera y se divirtiera e hiciera a la niña partícipe de ello (si sé que tú eres feliz puedo permitirme serlo yo también) y que no le exigiera su presencia y su atención sino que le animara a divertirse como ella y a salir i ver a sus amigas cuando le apeteciera. Los resultados vinieron al cabo de pocas semanas cuando comentó: "Mi hija ha cambiado enormemente. Ahora intento disfrutar los ratos que paso con ella y divertirme por mi cuenta. No la fuerzo y la animo a divertirse y, curiosamente, ahora es ella la que prefiere estar conmigo cuando voy e incluso trae a sus amigas para que me conozcan". Un simple cambio de actitud había permitido relajar los ánimos y eliminar esa sensación de culpa que te da el creer que alguien sufre por tu causa, no siendo feliz él ni pudiendo ser feliz tú en consecuencia. Quizá deberíamos enseñarles a nuestros hijos a ser felices siéndolo nosotros mismos en lugar de "sacrificarnos" tanto por su felicidad, enseñándoles, paradójicamente, a no ser felices y sacrificarse a su vez, no disfrutando su vida por sentirse culpables de que nosotros no disfrutamos la nuestra.

Habría que hacer un serio replanteamiento acerca de lo que llamamos amor. No es amor la posesión, ni tampoco los celos, no es amor la exigencia ni la consolidación de obligaciones. ¿De qué clase de amor hablamos si no nos planteamos el conocer y comprender a quien amamos, con sus características propias, nos desagraden o no?



La Autorecordación

Lo más difícil en observarse a sí mismo no será la observación en sí, sino acordarse de realizar esta observación. Dice Walker:

"La autorecordación trae consigo cambios tanto cualitativos como cuantitativos en la consciencia. Un nivel de consciencia más alto es la puerta de entrada a elementos de experiencia completamente nuevos."

Así pues, lo más difícil será acordarse de que tenemos que observarnos. Puede que consigamos una observación atenta de nosotros mismos durante unos instantes, pero las circunstancias contribuirán casi inmediatamente a distraernos y... no volveremos a tener un estado de autoobservación ¡quizá hasta dentro de meses!

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